Las variantes politizadas del Islam

19/Nov/2014

Infobae, Federico Gaon

Las variantes politizadas del Islam

Cada vez que en los medios de comunicación se toca el tema de la
situación de Medio Oriente, incluyendo las eventualidades de grupos como el
Estado Islámico (EI o ISIS), Al-Qaeda o el Hamás palestino, generalmente se
intercambian terminologías para etiquetarlos o describirlos. Está claro que
todos ellos tienen como denominador común un fuerte discurso reivindicativo de la
religión, el cual pretende, de un modo u otro, hacer política. Uno de estos
modos está emparentado con la violencia. Ahora está de moda utilizar la palabra
“yihadismo” para darle especial connotación al carácter combativo que estos
grupos suelen demostrar. En añadidura, si usted mira o escucha los noticieros,
se percatará que los periodistas frecuentemente llaman a los islamistas
“salafistas”. En cambio, a veces hablan de “wahabitas” o (el menos correcto)
“wahabistas”. Pero, ¿cuáles son las diferencias entre estos términos? Mediante
un pequeño aporte académico, vale la pena esclarecer el significado de cada
palabra, para de este modo poder ser más precisos como coherentes a la hora de
hablar de los grupos islamistas y de los sucesos contemporáneos que llegan a la
primera plana.
Para empezar, la misma definición de islamismo debe ser revisada.
Hace pocos días estuve en Madrid, y vi que en una importante librería se
utilizaba este rótulo – islamismo – para delimitar la sección de libros
dedicada a la religión islámica. La anécdota viene al caso porque muchas veces,
desafortunadamente, en la cotidianidad se utiliza islamismo casi como sinónimo
de islam. En concreto, islamismo se refiere a las formas politizadas del islam;
a los movimientos sociales que partiendo de la religión, buscan activar a la
comunidad para profundizar una agenda que es política, y no obstante religiosa
al mismo tiempo. La confusión naturalmente viene dada por los usos del
lenguaje. Hablamos de cristianismo, judaísmo o budismo para nombrar religiones,
todas ellas terminadas con la letra o. Por eso, a pesar de las apariencias
engañosas, debe tenerse siempre presente que para hablar de la religión
islámica utilizamos islam, y que islamismo solo sirve para hablar de sus
expresiones politizadas.
Bien, hay distintos tipos de islamismo. Están aquellos que
persiguen la islamización – o para ponerlo con una expresión acaso más familiar
– la evangelización de la sociedad, desde “abajo hacia arriba”, y quienes por
mano contraria buscan imponerla desde “arriba hacia abajo”. Los islamistas que
suscriben a la primera vertiente priorizan la construcción de un movimiento y
de una plataforma con amplias bases de apoyo, como paso previo a lanzarse en la
competencia política. Podría decirse que quieren generar cierta cohesión, y
darse a sí mismos la relevancia que ostenta todo movimiento de masas. En
contraste, lo que caracteriza a quienes acompañan a la segunda tendencia, es
que han decidido prescindir de la paciencia y del enfoque largo placista de los
primeros. Más allá de que algunos de los grupos islamistas han llegado al poder
por vía del sufragio, dado que a la larga ninguno ha probado aún ser
democrático en un sentido republicano, en mi opinión, lo esencial de este
segundo tipo de islamismo es que no se viene con obras de teatro, sino que
muestra sus ulteriores objetivos tal como son, ninguneando la fachada más
conciliadora y hasta a veces democrática que adoptan los islamistas de la
primera tendencia.
Véase por ejemplo que Hamás se asemeja bastante al modelo de
“abajo hacia arriba”. Llegaron al poder por vía democrática, pero solo luego de
construir un movimiento con amplias bases de fondo a lo largo de veinte años de
trabajo social. Sin embargo, ya en el poder, es difícil sostener que Hamás se comporte
de forma democrática, puesto que no respeta a la oposición, y tampoco cuida
garantías básicas del sistema republicano. Por otro lado, Hamás tiene una
faceta que se asemeja más al segundo tipo. Justamente, siendo que ya se ha
consolidado en el poder, sus activistas pueden darse el lujo de exponer su
crudeza y vocación fanática sin reparo por la etiqueta o las formas.
El término yihadismo es empleado para describir a los grupos
islamistas que utilizan la violencia en pos de una causa religiosa, porque
dicen apelar a una yihad, a una “guerra santa” contra los enemigos, sean estos
internos (apóstatas) o externos (infieles). Siguiendo con el ejemplo anterior,
Hamás podría ser clasificado como yihadista en la medida que emplea la
violencia enmarcándola en una contienda religiosa. Aunque, por otro lado, en
comparación con Al-Qaeda, el yihadismo de Hamás ciertamente es mucho más
restringido. Se limita pues a la Franja de Gaza y a la lucha contra Israel.
Al-Qaeda, en cambio, ha probado operar en una escala global, la cual no
necesariamente queda restringida a una región en particular. Por esta razón,
yihadistas los hay de distinto calibre y grosor.
Para ser islamista no es menester ser yihadista. Para dar otro
ejemplo, el capítulo egipcio de la Hermandad Musulmana responde al esquema que
va desde “abajo hacia arriba”, y distinto a Hamás, en términos generales, no ha
adoptado una actitud abiertamente belicista ni siendo oposición, o ni siendo
autoridad – durante la acotada experiencia de Mohamed Morsi en el poder.
Por descontado, los islamistas esbozan una agenda política
instruida en la religión, pero al fin y al cabo, valga la redundancia, operan
dentro de un marco que reconoce a priori el contexto político. Lo que esto
implica, en otras palabras, es que por más soñadores que sean, los islamistas
reconocen que la sociedad es un campo de batalla que debe ser ganado, a veces
de forma progresiva, y a veces de forma sucinta y violenta. Significa que
aceptan a la modernidad como tal, y emplean sus herramientas, como lo es el
sistema político o las instituciones, para ganar influencia.
Este reconocimiento de la realidad moderna es desde ya mucho más
perceptible con los grupos que responden al modelo “abajo hacia arriba”. En
contrapartida, muy a menudo quienes intentan imponer su voluntad por la fuerza
desde “arriba hacia abajo” parecen estar más interesados en la realización
instantánea de una utopía religiosa que en la construcción de una “Modernidad
islamizada”. Hamás y la Hermandad Musulmana serán en muchos aspectos grupos
fanatizados, pero el hecho de que no se comporten democráticamente no trae
aparejado un rechazo por las instituciones del Estado moderno, como un sistema
taxativo, un aparato represivo, o como una red de organismos burocráticos para
gestionar la vida pública y dirimir los conflictos entre particulares. En
contraste, grupos como Al-Qaeda o el ISIS que operan en una escala mayor, y que
demandan a la población la impartición instantánea de sus recados de pureza,
solo se interesan por los réditos propagandísticos o militares de la tecnología
contemporánea, mas no así por las instituciones que se desprenden del Estado
moderno. Los activistas y yihadistas del ISIS utilizan las redes sociales y las
armas que los norteamericanos dejaron en Irak, pero reniegan de la idea de
penetrar instituciones y organismos públicos para acaparar más espacios.
Esta razón hace que para algunos autores los islamistas que
imparten de “arriba hacia abajo” no sean islamistas, pero más bien
neofundamentalistas, fundamentalistas, o yihadistas a secas. En rigor, se trata
de una zona gris dentro del campo académico que estudia el fenómeno islamista.
Pero sean Al-Qaeda o el ISIS islamistas o no, el argumento consiste en señalar
que sus militantes están más interesados en hacer triunfar lo netamente
religioso por sobre lo cultural, y lo sagrado por sobre lo profano. Para ellos
el Estado no es un fin en sí mismo, sino un instrumento por el cual dar
renacimiento a prácticas religiosas ultraortodoxas. De este modo, para ellos la
política queda completamente subyugada a un ideario imaginario. Siendo así, la
ecuación entre lo político y lo religioso queda mucho más balanceada en los
grupos del primer tipo, los cuales discutiblemente – observan y especulan los
analistas – son más pragmáticos que los “fundamentalistas” salidos de Al-Qaeda,
el ISIS, u otras agrupaciones.
A veces se utiliza “salafismo” como sinónimo de fundamentalismo.
Este es un uso equivocado que confunde más de lo que aclara. La palabra salaf,
“ancestro”, se refiere a las primeras tres generaciones de regentes y
pensadores islámicos. Sin entrar en detalles, quienes se autoconsideran
salafistas insisten en que buscan reinstaurar cierta originalidad o tradición
religiosa perdida por el desarraigo de la identidad musulmana. Ahora bien, esta
consiga de regresar a las bases puede ser empleada en un doble sentido. Por
supuesto, están aquellos que defienden la tesis de que para volver a su esencia
original, el islam debe modernizarse, compatibilizarse con el pensamiento
racional, con las innovaciones y con el pensamiento humanista en boga hoy en
día. Pero también existen quienes arguyen exactamente lo contrario. Los
ejemplos mencionados recién responden a este último caso.
Con esta apreciación en mente, los diversos grupos islamistas
debaten otro eje identitario que repercute en lo organizacional, entre una
concepción progresiva del islam, y entre una regresiva. Quienes persiguen una
islamización desde “abajo hacia arriba” por lo general se entienden a sí mismos
del modo progresivo, y conceden cierta flexibilidad para condonar las
innovaciones teológicas. Dado que estos intentan añadir sustento mayoritario a
su plataforma, insisten en la unidad entre todos los musulmanes antes que
distraerse en cuestiones sectarias. En contrapartida, quienes llevan el islam
desde “arriba hacia abajo” casi siempre lo piensan como un modelo perfecto que
fue descarriado a lo largo de las generaciones, de forma tal que sueñan con
retrotraerse en el tiempo a la época inmediata a Mahoma para cumplir al pie de
la letra sus recados.
Finalmente, “salafismo” es también utilizado como sinónimo de
“wahabismo”. Este último sí adscribe mejor al significado que en lo cotidiano
le otorgamos al término fundamentalismo. Los wahabitas históricamente eran los
seguidores de Muhammad ibn Abd-al-Wahhab, un reformista del siglo XVIII, que
inspiró a sus seguidores a purificar sangrientamente la península arábiga de
todo quien fuese considerado un transgresor del mandato divino. En la
actualidad, el wahabismo es considerado el ala más ortodoxa, fundamentalista si
se quiere, dentro del islam sunita. En Arabia Saudita se le imparte un carácter
de credo oficialista, cosa que se ve reflejada en el elevadísimo nivel de
conservadurismo que rige la escena pública en dicho país. No obstante, en su
versión militante, las campañas militares wahabitas del pasado se asemejan en
demasía a los actos perpetrados por los hombres del ISIS.
En resumen, los islamistas no necesariamente son yihadistas, y
todos dicen ser salafistas, aunque “progresivos”, “regresivos” o algún punto
medio según lo reclame cada grupo. Solo aquellos salafistas marcadamente
regresivos, con una actitud inflexible frente a las innovaciones, al estilo de
vida moderno, y beligerantes en el estilo yihadista podrían llegar a ser wahabitas.
Emplear estos términos conscientemente puede ayudarnos a lograr una mejor
comprensión de este complejo fenómeno social, y al mismo tiempo incentivar un
debate productivo como centrado sobre el desempeño, logros y fracasos de todas
las formas politizadas del islam.